En noviembre de 1956 Mario Ramírez y yo
terminamos nuestra carrera profesional en la ESIME y lo primero que hicimos fue
abrir al público nuestro “taller” de embobinado de motores que para entonces y
desde 1955 teníamos instalado en el cuarto de servicio en la azotea de la casa
de Nogal 53.
Así que el Taller Eléctrico MyM nació
formalmente en un local que se encontraba en la avenida de Canal del Norte No.
116, exactamente junto a la casa donde vivía la familia de Mario Ramírez, en los
primeros días de 1957. Nuestro capital apenas $1000.00 aportados por cada uno, y
además nuestro entusiasmo y la ayuda administrativa que nos había ofrecido mi
padre, que acababa de jubilarse del Gobierno Federal.
El taller marchaba, e incluso marchó por muchos
años, pero los ingresos eran realmente exiguos y por lo tanto al inicio de 1957
recuerdo haberle sugerido a mi socio que era conveniente que yo buscara un
trabajo y que él se quedara en el taller, pero que el sueldo que yo ganara lo
habríamos de repartir entre los dos.
Hay que ubicarnos muy bien en el tiempo y
entender que aquel México era bastante distinto del actual, por todos conceptos,
y que por lo mismo conseguir un trabajo no era tan difícil para un
profesionista. Así que buscando en los clasificados del periódico, encontré uno
que solicitaba un ingeniero electricista y me fui a verlo, la dirección era en
las calles de Hamburgo en la Colonia Juárez, que todavía guardaba algo de su
fisonomía porfiriana, con muchas bellas casonas, calles limpias y pocos autos.
El lugar casi hacía esquina con Insurgentes, si no mal recuerdo, y la apariencia
no era muy diferente de la de nuestro taller, era un local pequeño con un solo
portón formando una oficina que contaba con dos escritorios y algún restirador y
como era usual entonces, tenía un tapanco que servía como bodega de materiales.
Cuando llegué, no dudé en preguntar y para mi
fortuna un señor que estaba parado a la puerta del local, me dijo que
efectivamente allí era y que buscaban un ingeniero electricista. y que incluso
el era el dueño y con él tenía que hablar. Como añoro aquel México en el que el
dueño de un negocio trataba de manera tan sencilla los asuntos de su empresa,
allí de pie ambos, me platicó que iban a tener una oficina más grande muy cerca
de allí y que el sueldo era de $1000.00 mensuales ($7310 de mayo de 2007). Me
hizo dos o tres preguntas y sin más trámites o investigaciones ¡ya estaba
contratado!
La palabra valía y era suficiente.
MI PRIMER TRABAJO
Aquella sería mi primera experiencia formal,
pues salvo mis prácticas profesionales de tercer y cuarto año que había tenido
en una Termoeléctrica del Grupo Industrial de Monterrey en 1955 y en la fábrica
Motores y Aparatos Eléctricos a fines de 1956, aquella sería mi primera
oportunidad de demostrar que podía ejercer mi profesión. No era un inexperto
pues dos años de trabajar por nuestra cuenta en el improvisado taller
casero, nos había dado a Mario y a mí, una cierta ventaja en relación con otros
compañeros de generación.
Dentro de aquella pequeña empresa que se
denominaba IEISA, Instalaciones Eléctricas Industriales, S.A, estaba el señor
con el que hablé en primera instancia que era uno de los dos socios principales
y se llamaba Jorge Villarreal, aparentemente no era ingeniero y después me
presentó con el Ing. Maximiliano Becker al cual mucho estimaba y quién según me
indicó sería la persona que me diría que tenía que hacer. Había también una
secretaria rubia artificial, de la cual no recuerdo el nombre, salvo que me
miraba con mucha insistencia en aquellos primeros días. No había nadie más, pero
me dijo también que el ingeniero Victor Cires, socio de la empresa, se
incorporaría muy pronto y que las oficinas nuevas se estaban adaptando a gran
prisa en un penthouse del séptimo piso del edificio de Berlín 31.
MAX BECKER ME DIO ALAS
Cuando empecé este escrito me pregunté cual
sería la letra M que en este caso y como en muchos otros en mi vida, habría sido
la que en cierto momento influyó para que saliera adelante y en verdad no la
encontré. No la encontré, hasta que recordé un episodio, que aunque
aparentemente simple y natural, habría de ser muy importante en mi desempeño
profesional, en los meses siguientes. Mas adelante sabrán porqué la M de Max
mucho tuvo que ver en ello.
El ingeniero Becker era un hombre joven, pero
un poco mayor que yo quién apenas estaba cumpliendo 22 años en esos días
(febrero de 1957), él traía un buen carro y lo primero que me pidió fue que lo
acompañara a todos los lugares adonde tendría que ir, a fin de que me explicara
y además me presentara con las personas correspondientes. De hecho y según
recuerdo, había dos igualas con empresas a las que se debía visitar cada quince
días con el objeto de asesorar y brindar apoyo técnico. Una de ellas era
Tuberías Aspe planta que producía tubería conduit y de agua, mediante una nueva
máquina de alta tecnología, que soldaba los tubos mediante un procedimiento
basado en la generación de intensas corrientes parásitas en la pared del tubo,
que al calentarse quedaba efectivamente soldado. Esa máquina era la Yoder y en
ella mucho había tenido que ver el Ing. Víctor Cires.
La otra planta era la Tabacalera Mexicana, que
por el contrario contaba con antiquísimas instalaciones y se encontraba en
Toluca (creo que aún está allí).
Visitamos otros lugares, muchos que ya olvidé,
pero entre ellos estaba también una planta de reciente creación que se llamaba
Productos Esteroides y que producía materia prima para la industria farmacéutica
como Syntex en base a las raíces del barbasco que se producía con facilidad en
México. Esa planta tenía una instalación eléctrica a prueba de explosión y en
ella también había participado el Ing. Cires..
Tras dos días de entrenamiento intensivo y de
regreso a la oficina, Max me dijo que si tenía dudas, a lo que respondí que no.
Después de ello vinieron las palabras mágicas que quizá yo debí agradecerle,
aunque de momento me tomaron por sorpresa, pues por lo contrario de lo que
esperaba, me dijo:
“Bueno Manuel de aquí en adelante no se trata
de que andemos juntos, lo que queremos es que tu asumas tu responsabilidad en
las encomiendas que tengas, como yo lo haré en las mías. Lo que tratamos es de
duplicar nuestra capacidad de trabajo”
Estaba muy claro y así lo entendí, Max Becker
no limitaba mi trabajo, ni me iba a convertir en su ayudante, Max Becker me dio
aquel día alas para poder volar y hoy comprendo que fue lo mejor que me
pudo suceder.
EL SR. JORGE VILLARREAL Y LOS AUTOS:
El señor Villarreal era muy amable conmigo,
pero distinto, pues sus intereses no estaban relacionados de manera directa con
la electricidad. Me dio la impresión de que los autos le fascinaban y siempre
quería traer el mejor y más potente. Incluso en sus pláticas me hacía notar su
estimación por Max Becker y de que manera y en agradecimiento por su esfuerzo le
había “regalado” el auto que traía.
A mi aquello no me gustaba mucho, pues
reflejaba una actitud paternalista con sus empleados, que no encajaba conmigo. Yo
tenía entonces un carrito Hillman Minx modelo 1952, (véase
“Un auto caído del
Cielo” en este mismo sitio
y su imagen un poco más abajo) e incluso
creo que fue una de las razones por las que de inmediato me contrató, dado que
podría moverme con facilidad a los sitios de trabajo.
Un día, al igual que Becker me pidió que lo
acompañara para hacer una visita técnica y me llevó en su poderoso auto. Para mi
sorpresa y después de explicarme todas las bondades de aquel auto, me dijo que
si quería ver que tanto corría. Yo le dije que no pues íbamos por la Avenida
Insurgentes Sur (de aquellos años), sin embargo no me hizo caso y empezó a
acelerar de manera desmedida y poco razonable. Aquellos autos no traían
protección alguna para los ocupantes, ni cinturones ni bolsas de seguridad, por
lo que previendo un accidente le dije de manera amable que se lo agradecía
mucho, pero que mejor ya no me lo demostrara.
Poco me tocó convivir con él, pero ya comentaré
otra anécdota más adelante, cuando decidí pedir aumento de sueldo.
EL CAMBIO A BERLIN 31
Pues vaya que era un cambio radical en cuanto
al tipo de oficinas, el que se hizo posiblemente a fines de febrero de 1957. A
mi me tocó participar en la mudanza y recuerdo haber subido al tapanco de la
accesoria de Hamburgo a ver que no quedara absolutamente nada olvidado.
Las oficinas de Berlín estaban en un edificio
nuevo de 7 niveles, con elevador y elegantes acabados, por si fuera poco se
encontraban en el penthouse y tenían una vista muy agradable.
Para no tener que describirlas a continuación
les muestro un croquis con la distribución aproximada de los cubículos y el
mobiliario.
EL INGENIERO VICTOR CIRES GAVIDIA
No recuerdo haber conocido al Ing. Víctor Cires
antes del cambio a las oficinas de Berlín 31, esto se debió a que como nos
relata en sus memorias, en esos años se había hecho cargo nuevamente del rancho
de Los Angeles en Coahuila y tenía que viajar frecuentemente.
Sin embargo fue con él con quién tuve mayor
trato en cuanto a aspectos técnicos y con quién logré captar la forma en que
efectuaban sus presupuestos.
Recuerdo que me decía que le aumentara el 30%
de utilidad sobre el costo de materiales y yo solía multiplicarlo por 1.3 para
obtener el resultado. El por el contrario me decía que si quería ganar el 30%
sobre el precio de venta debía de dividirlo entre 0.7. Fue algo que nunca olvidé
desde entonces.
Otra de las áreas que mejor asimilé fue la
referente al diseño de las instalaciones a prueba de explosión, que yo
desconocía totalmente y que él en múltiples ocasiones me explicó con detalle y
paciencia, entre ellas el hecho de que por el contrario de lo que frecuentemente
se cree, una instalación de este tipo no está diseñada para evitar una explosión
interna, sino para eliminar el riesgo de que se produzca una explosión externa.
Algo que ya dominaba pero que también pude
entender mejor con su ayuda, fue el manejo de los diagramas esquemáticos de
control. Todo esto se dio en un plazo no mayor de 3 meses.
LOS PRIMEROS TRABAJOS
Aparte de las visitas que realizaba y en las
cuales los maestros electricistas de mantenimiento siempre me tenían preparados
algunos “toritos” para calarme y saber si de veras sabía algo de electricidad,
tuve varias oportunidades de participar en varios proyectos, como fue supervisar
las instalaciones en los colados de las losas de cascarón en el mercado de Zona
de La Lagunilla que estaba en plena construcción y diseñar una instalación de
calentadores para un penthouse ubicado en uno de los altos edificios ubicado en
Melchor Ocampo, enfrente de la que entonces era Plaza del Ariel.
En cuanto a las instalaciones a prueba de
explosión recuerdo que realicé un proyecto para Dupont, incluso realizando
varias visitas a la planta.
Cuando no tenía que hacer recuerdo que me ponía
a ordenar los catálogos que estaban en dos archiveros junto a mi restirador.
EL SR. FRANCISCO D’SANTIAGO CABEZA DE VACA.
Aparentemente amigo del Sr. Villarreal, un buen
día apareció por allí Paco D’Santiago, un hombre alto y delgado con apariencia
de torero. Creo que el había realizado un viaje con el Sr. Villarreal a varias
plantas de PEMEX en el sureste en la búsqueda de trabajos y si no me equivoco
habían llegado hasta Salina Cruz a visitar las instalaciones de la Marina en ese
puerto, debido a que D’Santiago era egresado de la Naval de Veracruz. El traía
entre manos la electrificación de los muelles, con el objeto de que los navíos
de la Armada pudieran detener sus máquinas cuando estaban anclados y recibir la
energía eléctrica desde el muelle. El proyecto era complejo porque algunos
barcos utilizaban corriente continua.
Sin embargo no fue ese el proyecto que me tocó
realizar a mí, pues un buen día me llegó con un plano de lo que iban a ser los
nuevos talleres del Servicio de Transportes Eléctricos en sus instalaciones de
Indianilla. El me indicó que quería que le hiciera la cotización del alumbrado
que se requería para iluminar aquella gran nave, pero el plano no tenía ningún
proyecto, había que proyectar y de allí sacar el presupuesto.
Me puse a diseñar el alumbrado, posiblemente
unidades slim line que ya existían entonces y determiné el número de lámparas
necesarias para iluminar aquella extensa superficie. Después diseñé la
instalación eléctrica utilizando circuitos trifásicos, que corrían a lo largo de
las líneas de lámparas. De esta manera reducía el diámetro de las tuberías al
eliminarse dos de los conductores de retorno que usaban los circuitos
monofásicos.
De tal manera que yo estaba seguro que el
precio que sacaría iba ser mucho más bajo que cualquier otro y así fue
efectivamente.
Lo curioso de este asunto fue que los señores
de STE no creían que era factible llevar solamente un hilo para retorno de
corriente y me decían que se iba a sobrecargar. Recuerdo que le expliqué a
D’Santiago de que manera funcionaba aquello y como en el peor de los casos el
hilo neutro solamente habría de conducir la corriente que circulaba en una de
las fases.
Nunca supe porqué razón no le dieron el
contrato, pero supuse que se debió a intereses que se movían detrás de aquellas
obras, más que a problemas técnicos. Por muchos años y en diversos proyectos
continué utilizando circuitos trifásicos en alumbrado, después en base a
unidades de vapor de sodio o de mercurio pero a 220 volts y conectadas en delta.
EL PROYECTO DE GOOD YEAR OXO.
Yo nunca supe nada de este asunto, hasta el día
que el Ing. Cires llegó con un enorme rollo con más de 50 planos y un libro de
especificaciones de más de 5 cm. de grueso, pero ahora que he leído sus memorias
comprendo que él “cabildeaba” el asunto desde meses atrás y para ello tuvo que
conseguir cartas de recomendación de sus mismos competidores de la época.
El día que llegó con ellos venía sonriente y me
los puso en el restirador diciéndome que los fuera viendo. No me dijo que ara
algo muy importante para la empresa, pero una vez que supe de que se trataba y
la magnitud de aquel proyecto, me di cuenta que si lo era. Al día siguiente me
preguntó que cuanto tiempo tardaría en sacar el presupuesto a lo cual, la
verdad, no podía contestar dada la enorme complejidad de aquello.
Nunca había visto un proyecto así, tan bien
especificado y detallado y además elaborado por una empresa americana que se
llamaba Mc George Hargett. De hecho no fue hasta el año de 1960 cuando me tocó
ver un proyecto mejor que aquel, cuando nos tocó construir la planta MQ,
Desintegradota Catalítica de la refinería de Ciudad Madero de PEMEX, que era
totalmente a prueba de explosión.
Me aboqué a estudiarlo y gracias a que había
logrado dominar al menos la traducción del inglés, me fui enterando de que
manera se pretendía realizar aquel proyecto sin causar interrupción alguna de
las operaciones de la planta. Como indica el Ing. Cires en sus memorias la
ampliación de la planta pretendía duplicar la producción de llantas instalando
un nuevo Bambury de 800 HP y dos molinos de 400HP cada uno. Además se construía
una nueva nave para la fabricación de nuevos productos y se instalaba una nueva
Calandria para elaboración de las cuerdas.
Todo ello implicaba modificaciones que se
iniciaban desde la Casa de Máquinas en donde se ampliaba la subestación de 20 KV
y se montaban dos nuevos compresores equipados con motores de 2300 volts.
Una vez que comprendí el proyecto y sus
alcances me puse a determinar las listas de materiales para cada una de las
múltiples órdenes de trabajo que contemplaba la obra. Pero como es de
imaginarse, mi avance no era tan rápido como necesitaba el ingeniero y había un
plazo límite para la entrega. Entonces él pensó en traer ingenieros de la CFE
que salían a las 2 de la tarde y que se venían a darnos la mano por las tardes.
Por otro lado Max Becker se integró al equipo y fue el encargado de determinar
el costo de la mano de obra.
Ya de esta manera avanzamos muy rápido y lo que
más me halagaba era que los ingenieros de CFE, mucho mayores que yo, venían a
consultarme sus dudas sobre el proyecto. En realidad todo estaba muy bien
explicado, pero como es de suponerse estaba en inglés. Aunque nunca estudié
inglés, salvo en la secundaria, por fin aquellas largas tardes que me había
pasado traduciendo capítulos completos del Dawes, en relación con Inducción y
Magnetismo, habían venido a rendir frutos en ese momento.
Llegó el momento de la verdad y mi
participación terminó, era el momento en que el ingeniero Cires tenía que
decidir el precio que habría de presentar.
Esa historia no la conozco, pero recuerdo que
el día que se iba a presentar la cotización una de las secretarias me dijo que
el ingeniero había pedido que se llevaran una máquina de escribir en el carro,
por si tenían que hacer cambios de última hora.
Todo esto ocurría alrededor del 14 de junio de
1957, hace exactamente 50 años.
Enseguida se aprecia la parte medular del
presupuesto que fue presentado:
ACOMPAÑEME A GOOD YEAR OXO
Ya sabía que finalmente habían ganado el
contrato, pero la verdad desconocía en lo absoluto, si es que yo participaría en
ello, lo cual en lo personal descartaba por mi falta de experiencia a ese nivel.
Pero yo creo que el Ing. Cires en algo se parecía a mi papá, que venía a
revelarme sus verdaderas intenciones hasta el final.
Hoy que estoy viejo, comprendo que cuando el
llegó con el “tambache” de planos, bien sabía lo que estaba haciendo y porqué me
los daba a mí, pero en aquel entonces no me preocupaba mucho por analizar las
acciones de los demás.
Sin embargo uno de aquellos días posteriores me
dijo que lo iba a acompañar a Good Year Oxo, planta que en verdad conocía muy
bien … en los planos.
Cuando llegamos y entramos al área de
producción, aquello me pareció extremadamente grande, recuerdo que me mostró
varios de los carretes de cable armado que venían de importación y eran tan
grandes que casi duplicaban nuestra estatura. Hasta ese momento fue cuando me
dijo que yo me encargaría de ser el ingeniero residente de la obra.
De hecho no preguntó si podía o querría
hacerlo, me dijo: -Usted se va a encargar de esta obra-. Me encantaba la idea
pero le hice ver mis limitaciones, aunque no me opuse en lo absoluto. La verdad
es que a pesar del reto, por dentro me sentía muy feliz y por demás halagado.
Ese día conocimos a algunos de los ejecutivos y
nos presentamos también con los encargados del mantenimiento eléctrico y
mecánico de la planta y que ambos se encontraban en una misma oficina cercana a
Casa de Máquinas y tenían sus escritorios uno junto al otro. Ellos eran el Ing.
David González de la Serna en lo eléctrico y Francisco Godoy en la parte
mecánica.
EL INICIO
Mis registros indican que fue alrededor del 22
de junio de 1957 cuando empecé a trabajar, pero la verdad es que no recuerdo
bien los inicios en cuanto a adaptación de bodega y otras cosas como la
contratación del personal electricista, seguramente porque yo no participé en
ellas. Lo que recuerdo bien es lo referente a nuestro almacén e infame oficina,
estaba en el exterior y tenía un techo de lámina, de tal manera que trabajar
allí era verdaderamente imposible.
Me imagino que Max Becker se habría encargado
de contratar al personal e ir comprando todos los materiales que suministraba el
contratista de acuerdo a las listas elaboradas.
Si recuerdo también que teníamos un bodeguero
para el control de material y creo que también llevaba la lista de asistencia
del personal. También recuerdo que Max Becker llevaba el dinero para pagar los
sábados, pero salvo aquella ayuda de inmediato me quedé sólo y a cargo de la
dirección técnica del proyecto, en mi función de residente de la obra.
EL INGENIERO GONZALEZ DE LA SERNA.
Según recuerdo y por instrucciones de GYO, lo
más urgente era colocar todas las redes de tierras en el nuevo edificio que ya
se encontraba estructurado y techado y desde luego las tuberías de los circuitos
de contactos de aquella nave que eran subterráneas, así que nos abocamos a ello
de inmediato. La razón era que se habrían de colar los pisos y yo no tenía ni la
más mínima idea
de la importancia que le daban a ese aspecto y
por lo tanto debía verificar con sumo cuidado que no se nos escapara ninguna de
ellas. Una vez colados aquellos super pisos, que incluso llevaban armado, nadie
podría tocarlos por ningún motivo.
Sin embargo el primer problema no surgió en los
tubos, pero si en los que llamábamos bancos de tierras y que estaban formados
por 4 varillas cada uno y que servirían para proteger la nueva subestación
compacta del Cuarto de Controles No. 3.
Uno de los muchachos nuestros me hizo saber que
el Ing. González quería que se soldaran todas las conexiones y yo me molesté
porque el proyecto no lo indicaba así.
Así que después de aquello me di cuenta que
tenía que hablar con el Ing. González de la Serna, que ya conocía pero solamente
de manera superficial.
En la imagen siguiente aparece el Ing. González
de la Serna en una foto panorámica de la planta, que fue tomada varios meses
después desde la torre de enfriamiento de Casa de Máquinas.
REPERCUSIONES DE UNA COMIDA
Entrar a Good Year Oxo era casi como
transportarse a Gringolandia, todo era allí orden y eficiencia. La apariencia e
instalaciones de la planta eran muy distintas a las de las empresas nacionales
de aquella época, todo estaba correctamente delimitado, pintado y etiquetado.
Los ejecutivos hablaban en inglés entre ellos y la localización de personal se
hacía mediante un característico sistema de campanas, que mediante claves se
escuchaban en todos los rincones de la planta, sin importar el ruido que
hubiera. De esa manera el interesado se acercaba a la extensión telefónica más
cercana y contestaba la llamada. Para aquellos días era un sistema muy eficaz y
poco conocido aquí.
Por las mismas razones, el restaurant de la
planta era del tipo de barra de autoservicio, digamos que un Luby’s rústico, que
servía por igual a obreros y empleados a precios muy accesibles. Ya habíamos
coincidido allí González y yo, por lo que acudí a la hora que el comía y de
manera intrascendente nos sentamos juntos, en una de aquellas mesas y bancas
corridas que formaban el área de mesas. Allí tratamos de manera amable el asunto
de las tierras y el me explicó su punto de vista. Por experiencia previa sabían
que las conexiones solían corroerse con el tiempo y ellos se habían acostumbrado
a soldar las conexiones con bronce mediante equipo de soldadura autógena. Yo le
expliqué que entendía muy bien su punto de vista, pero que no lo teníamos
considerado hacerlo de esa forma y que no teníamos equipo para hacerlo. De
inmediato me dijo que no había problema, el nos daría la soldadura de bronce y
nos prestaría el equipo, de tal manera que salimos muy satisfechos del arreglo
después de aquella comida, dado que aquello no le representaba mayor gasto
adicional a IEISA y nos permitía llevar una buena relación con GYO y sobre todo
con el Ing. González, al cual tendría que recurrir en muchas ocasiones más.
La forma de hacer dicho trabajo también
trascendió, pues por muchos años cuando no había bronce y autógena, por lo menos
colábamos “conos” de soldadura de estaño y plomo en todas las conexiones de
tierra que hacíamos, excepto claro en las Caldweld..
No imaginaba la trascendencia futura de
aquella reunión con el Ing. González, no solamente durante la obra de GYO, sino
a lo largo de muchos años de amistad que uniría a nuestras familias. Larga
historia que no incluiré aquí, pero si un recuerdo afectuoso de nuestra parte, para aquel excelente ser humano que falleció hace algunos años.
IEISA CONTRATISTA CONSENTIDO
Tras de aquella reunión, la relación entre
IEISA y GYO fue de cordialidad y de colaboración, de tal manera que tanto el
Ing. González como el Sr. Godoy nos ayudaron ampliamente, sobre todo con el
préstamo de herramientas y equipos que no teníamos. El problema fundamental era
que había que trasladar equipos y carretes de cable muy pesados hasta las áreas
de trabajo y no era nada fácil tratar de moverlos a base de fuerza humana. Por
lo tanto cuando menos lo esperaba, y tras notar nuestra dificultad para moverlos
en base a rodillos y barretas, GYO nos prestó los montacargas de la fábrica,
gatos, garruchas y escaleras.
Después de todo aquello era de gran ayuda.
En la foto que sigue se puede apreciar a uno de
los maestros de IEISA, Angel González, manejando un montacargas para trasladar
un tablero de 2.3 Kv. al interior de la Casa de Máquinas. De igual manera en
algunas ocasiones a mi me tocó manejarlos, pero en esta la hice de fotógrafo.
Como se aprecia, estaba permitido el acceso de mi cámara
fotográfica a la planta e igualmente tomar fotos de la obra,
algo que en la actualidad se restringe muchísimo.
Por si fuera poco mi pequeño Hillman Minx,
tenía autorización para pasar al interior de la planta y quedar estacionado sin
límite de tiempo
MI OFICINA ITINERANTE
Ya platicaba que tratar de trabajar en nuestra
bodega para analizar planos y especificaciones era materialmente imposible, por
el calor terrible que se acumulaba dentro del pequeño local. Por esa razón y de
acuerdo con la moda actual, mi supervisión se volvió “itinerante”, según la
cercanía del área en construcción.
De hecho se trabajaba en toda la planta, parte
vieja, parte nueva, exteriores y Casa de Máquinas, pero al inicio el punto
crítico era el Cuarto de Controles No. 2, y por ello me llevé mi restirador, mi
banco y mi “tambache” de planos y especificaciones a ese lugar.
Allí teníamos un problema, fundamentalmente de
logística, pues el cuarto debía ampliarse, pero las paredes que se iban a tirar
estaban ocupadas por grandes equipos y cables que se soportaban de ellas. De esa
manera en una planta en plena producción, aquellos trabajos debían realizarse
por etapas, cuya realización no pasara de un día y ejecutables solamente en
domingo. Después de un tiempo, cuando desaparecieron los muros, la escena de los
cables y equipos suspendidos desde el techo con soportes provisionales, era en
verdad preocupante. Por fortuna nunca tuvimos ningún incidente.
Pero no solamente estuvo allí, pues un tiempo
después se trasladó a la Calandria que utilizaba equipo de control de corriente
directa, otro tiempo en Casa de Máquinas y también en la zona de Banburys.
Curiosamente en ese sitio, mis planos, mi ropa, mi cara, manos y cuerpo en
general, se impregnaban del negro de humo o bien del polvo blanco que usaban
para producir la cara blanca de las llantas y yo salía por las tardes como
payaso y en verdad impregnado de aquellos percudidores polvos. Esto se tenía que
hacer, pues había dos Banburys operando y se estaba instalando el tercero, pero
además era el motor de mayor tamaño y el que más me asustaba. Tenía que vigilar
todos los detalles, para estar seguro a la hora del primer arranque
Había también otro sitio en el que podía
trabajar, sobretodo cuando algo no entendía bien. Ese sitio era el asiento del
copiloto de mi auto Hillman Minx que estacionaba en las calles laterales.
Si alguien pensaba que me estaba echando un
sueño, estaba perfectamente equivocado, pues por el contrario eran los momentos
mas fructíferos del día, en los cuales recorría con cuidado los planos que no
entendía y sacaba mis libros como el “Magnetic Control of Electric Motors “ de
Newman y hasta que resolvía mis dudas me regresaba a mi sitio habitual. La razón
era que allí dentro podía concentrarme mejor y nadie sabía donde estaba.
Por cierto que después de comer siempre me daba
una vuelta a la bodega y allí tenía otro restirador, pero el calor intenso me
amodorraba y tenía que salirme antes de que me quedara dormido
Las famosas especificaciones del proyecto que
elaboró Mc George Hargett con tanto esmero, ya eran para entonces un libro
bastante maltratado al andar para arriba y abajo, sin embargo aún lo conservo
como recuerdo de mi primer trabajo importante. En la siguiente página pueden
ver una imagen reducida de la portada de dicho libro.
QUIERO VER AL ING. AGUIRRE
Como dije antes había cumplido 22 años en
febrero de 1957, pero incluso aparentaba menos edad. Esto fue motivo de
confusiones, pues la gente que por alguna razón me buscaba imaginaba encontrar
una persona madura al cargo de aquella residencia de obra.
En una ocasión llegó alguien que de plano me
dio a entender que no bromeara y que lo llevara con el Ing. Aguirre, así que
cuando le confirmé que yo era el Ing. Aguirre a cargo de aquella obra, no lo
podía creer.
La que sigue es una foto que me tomó el Ing.
González, prácticamente cuando las obras habían concluido y se puede observar,
al fondo, el nuevo de edificio construido y la ampliación que se hizo en la zona
de Banburys y molinos.
MINUTES OF MEETING
Como he comentado el Ing. Cires casi siempre
estaba de viaje atendiendo múltiples problemas que había en el rancho propiedad
de la familia y sus visitas no eran frecuentes. Mientras tanto Max Becker iba
los sábados por un rato con motivo del pago de rayas. En tales condiciones, para
GYO yo era el representante de IEISA y me citaban a las juntas que realizaban
para analizar y corroborar el avance de la obra.
En aquellas reuniones siempre estuvo el gerente
de la planta Sr. Perren, el superintendente de la planta Sr Harry Walker y el Ing.
Newell, todos ellos por parte de GYO.
Por parte de los contratistas que fuimos 3
empresas asistían generalmente: José Vorhauer Villalobos y el Ing. Carlos Guijarro por parte
de CASA, que era el contratista general; aunque alguna vez asistió el Ing.
Velasco. Por parte de Estructuras Fabriles asistía un ingeniero muy amable que
se apellidaba Donato y por IEISA asistía el que esto escribe.
Todas las reuniones eran en inglés por lo que a
veces tenía que recurrir al secretario Sr. Domínguez, para que me tradujera
algunas frases al español y quedaran bien comprendidas.
Cuando me entregaban la copia de lo acordado
que yo conocía como acta, me llamaba la atención que siempre decía “Minutes of
Meeting” y me preguntaba que por que le ponían minutos si a veces nos llevábamos
horas en recorrer todos lo puntos. Mucho tiempo después concluí que significaba
“Minuta de la Reunión”. Espero no estar equivocado.
Me permito mostrarles una parte de una de ellas
que es histórica, pues se desarrolló pocos días después del terrible terremoto
que vivimos en julio de 1957. En ella el Ing. Donato expresó que su retraso en
el montaje estructural se debía a que su equipo de trabajo había participado
activamente en las labores de rescate.
$3000 AL MES
Cuando inicié los trabajos nunca quise
preguntar si me iban a pagar algo más por mis servicios, al menos por la
distancia adicional que tendría que recorrer. De todas maneras pasó el tiempo y
me di cuenta de la enorme responsabilidad que había adquirido para sacar en
tiempo aquella obra y que tenía que trabajar todos los fines de semana, para
realizar los trabajos más delicados.
Un día pensé que mi trabajo valía más, y para
variar escribí una carta manuscrita que una tarde que pasé a la oficina de
Berlín 31 (como hacía muchas veces) se las dejé para que fuera entregada al Sr.
Villarreal.
El caso es que mi carta desató un vendaval en
la oficina y al día siguiente por la noche Becker y el Sr. Villarreal me
sentaron en una silla y ellos dos de pie y frente a mí, me acosaron a preguntas.
¿Cómo iba a ser que quisiera ganar el triple de lo que tenía? Era absurdo.
Yo había tomado una decisión y nunca cedí, por
el contrario les fui expresando las razones por las cuales creía que debía ganar
más. Tras de estirar y aflojar, logré $2500.00, equivalentes a $18,275.00 pesos
actuales de mayo de 2007.
Me dijeron también que para que había escrito
una carta y que porqué no se los había expresado verbalmente, pero yo sabía
desde entonces, que una carta previa fijaría mi posición por anticipado y no
quedaría en palabras aisladas sin fundamento adecuado.
Por desgracia esa carta manuscrita, nunca la
volví a ver, pero no cabe duda que fue muy productiva para mí y que el aumento
en sí, no representaba mayor esfuerzo para la empresa, pues si calculamos 6
meses de $2500 hablamos de $15,000 por todo el proyecto, que representaban
apenas el 2% del importe total.
NUESTRA GENTE
Ya decía al principio, que no había tenido nada
que ver en la selección del personal, pues simplemente me lo habían enviado
desde la oficina. A ninguno conocía, ni había tenido oportunidad de verlo
trabajar. Hoy 50 años después, debo reconocer que aquella gente trabajadora,
entusiasta y dedicada que formó equipo conmigo, fue la que en realidad sacó a
tiempo y sin mayores contratiempos el trabajo que teníamos asignado.
Por desgracia la mayoría de los nombres, los he
olvidado.
Pronto me gané la confianza de ellos, sobre
todo porque sabía contestarles lo que me preguntaban y claro, no era por que yo
fuera muy vivo, lo que sucedía es que todo estaba muy bien especificado en los
planos y especificaciones … pero en inglés. Además solía mantenerme cerca de ellos y al
tanto de lo que hacían y necesitaban, después de todo era como su maestro de
obra, con un poco más de preparación.
En la foto que sigue, que un
día encontré entre las que había desechado, se muestra lo
que fue nuestro almacén, una vez que nos dieron un lugar dentro de la planta y
desapareció nuestro tejabán de madera y al exterior. Aparece allí Ramón Robles
observando no se que cosa y su impecable saco colgado en la percha, cosa que yo
no acostumbraba usar.
ANGEL GONZALEZ, LAS VELADAS Y LOS DOMINGOS
Ángel González se volvió el maestro
imprescindible y en el que más confiaba. El como buen norteño, todo lo sabía y
todo la había hecho antes, cosa que nunca le creía del todo, pero al menos
demostraba gran entusiasmo, seguridad y empeño en lo que se le ordenaba hacer. Además algo
había de cierto, sobre todo en el manejo de conexiones encintadas y mufas
rellenas de compuesto aislante, cuestión que yo desconocía por completo.
Todos esos cambios complicados en la red de
distribución de alta tensión, los hacíamos en domingo y yo podía pasarme las
horas metido en un foso junto con ellos, no precisamente respirando un aroma de
rosas. De cualquier manera era la única forma de estar seguro y por otra parte,
aprender algo nuevo.
Cuando teníamos presión de GYO, siempre estaba
dispuesto a quedarse para avanzar al máximo en toda la noche. Cuando yo regresaba
por la mañana, el trabajo estaba concluido y listo para iniciar las pruebas de
control.
Ángel, como era costumbre entonces, me decía “ya
le metemos Inge para que de una vez escupa lo malo” y claro que le paraba el
alto, pues yo tenía la costumbre de probar todos los elementos de control de
manera independiente y hasta que estaba seguro de que todo funcionaba y que
cortaba secuencias, operaban los interruptores de límite, etc., hasta entonces
pasábamos a las conexiones de fuerza, que previamente habían sido verificadas en
su aislamiento con el Megger y en su faseo correcto. Esta forma de trabajo nos
dio muy buen resultado y pocos errores.
Al maestro Ángel González, a
quién siempre le hablaba de usted (yo creo que a todos), nunca más lo volví a
ver, pero fue un gran apoyo y pieza fundamental en el desarrollo de aquella
obra. En la foto que sigue no se aprecia bien su cara, a pesar de estar
sobreexpuesta para quitarle la sombra, pero es el que maneja el montacargas.
Otro de nuestros electricistas, el del gorrito, se apellidaba Ambríz y se
caracterizaba por ser el único que utilizaba un carcaj para llevar toda su
herramienta acomodada y suspendida de su cinturón. Sin duda otro elemento muy
valioso.
EL MAESTRO GORDITO
No todos los recuerdos fueron iguales,
principalmente cuando los miras en retrospectiva y analizas la mala voluntad de
las gentes. De la oficina me enviaron a este “maestro gordito” que no recuerdo
su nombre, para que se encargara del alumbrado de la nave del nuevo edificio,
que tenía una grúa viajera y cuyos rieles estaban cerca de los 10 metros de
altura, cosa por demás normal. Comparativamente era un hombre de edad, que se
pavoneaba con los brazos semi encorvados y se sentía superior a todos los demás,
a pesar de que le habían asignado una de las instalaciones más sencillas,
exceptuando la altura en que tenía que trabajarse. El ingeniero Becker había
decidido que lo hiciera por un tanto, es decir asignándole un precio unitario
de mano de obra por salida ejecutada.
Tenía además la ventaja de que la grúa viajera
estaba operando y que podía utilizarla para facilitarle el trabajo. En realidad
yo no le daba mayor importancia a su trabajo, pero el insistía en hacerse notar.
Un día me pidió que lo acompañara y que subiera para que viera y le aclarara
unas dudas que tenía a lo cual asentí de inmediato. El creía que no me iba a
subir y por el contrario llegamos hasta los rieles de la grúa y caminamos más de
30 metros por aquel angosto camino, hasta el sitio donde supuestamente estaba el
problema.
Comprendí después que lo único que deseaba era
comprobar si yo tendría el valor de subir y caminar por el patín de las
viguetas, lo cual hice sin demostrar temor y por lo tanto demostrándole que su
trabajo no era cosa del otro mundo. Es evidente que yo no tenía experiencia en
caminar a esas alturas sin protección alguna, pero ese día tuve que hacerle al
“equilibrista”. El maestro gordito no tuvo más que reconocer y continuar con su
sencillo trabajo.
EL HOMBRE DE LAS TRES “R”
Ramón Robles Rojas era el hombre de las tres
“R”. Ingeniero Electricista también egresado de la ESIME, Ramón llegó a la
obra, enviado por las oficinas y no cabe duda que eso fue de gran ayuda. El no
era un experto en cosas técnicas, pero en ese momento me ayudó muchísimo en lo
administrativo y en los recorridos por todas las zonas de trabajo. No recuerdo
cuantos meses estuvo, pero convivimos juntos, principalmente cuando salíamos por
la tarde y le daba un aventón en mi poderoso Hillman Minx de 37 HP y 4
cilindros.
En la foto siguiente aparece el pequeño gran
Ramón mostrando uno de los arrancadores a voltaje reducido de los motores de
2300 volts.
CERO INCIDENTES, HASTA QUE …TUVIMOS DOS CAIDAS
Si es cierto, pero una de ellas fue inevitable
y se dio el 28 de julio de 1957, en la que vino a tierra nuestro glorioso Angel
de la Independencia en el Paseo de la Reforma. Recuerdo que era domingo en la
madrugada y aún en mi cama, la casa crujía de tal manera que de un brinco ya
estaba bajando por las escaleras rumbo a la calle. Al llegar a la puerta me
detuve pues había un poste metálico con un transformador de distribución y pensé
que podría caerse o reventarse algún cable.
Cuando todo pasó, salí rumbo a la planta con la
duda de que tanto podría haber pasado en los trabajos que estábamos haciendo,
pero para nuestra fortuna nada sucedió, salvo el retraso en el montaje de
estructuras que ya se comentó más arriba.
Sin embargo, tiempo después si tuvimos la caída
de un tablero. Relataré lo sucedido, pero antes les comentaré que a quién más
temía era al Sr. Harry Walker, el superintendente de la planta, pues era un
americano que por todo se enojaba. El solía caminar por la planta a grandes
zancadas, medio encorvado y fumando su pipa (quizás apagada) y enseñando su gran
dentadura de color amarillento. El vivía en una casa ubicada dentro de los
terrenos de la planta y su responsabilidad era que no se detuviera nunca la
producción. Lo recuerdo bien, muy enojado regañando al Ing. González de la Serna
porque no acababa de reparar el control de una máquina de llantas, por cierto
siempre le hablaba en inglés y el ingeniero bastante tranquilo, le respondía en
su mismo idioma.
El caso es que ese día, cuando llegué por la
mañana uno de los muchachos me dice: “Inge se cayó el tablero de la calandria”.
Pero como que se cayo, se cayó de donde ... “pos se cayó al suelo”
Salí corriendo esperando lo peor y augurando
que acabaría por perder la chamba, pero cuando llegué me encontré que por
fortuna estaba de pie … aunque ligeramente aboyado. Pregunté que había pasado y
a la mera hora, como siempre, nadie sabía quién había tenido la idea de dejarlo
suspendido de la estructura con un cable, durante toda la noche. Por fortuna, yo
pienso, que no estaba más arriba de los 30 centímetros, pues no se volcó, pero
tenía un apachurrón lateral sobre la lámina solamente.
Me puse a observarlo detenidamente para tratar
de ver si habría algún elemento roto o dañado, pero como en aquel entonces los
equipos eran en verdad robustos y las estructuras de los tableros usaban
viguetas y canales, no se observaba daño mayor,
Me faltaba todavía esperar el trago más amargo,
la llegada del Sr Walker, que me hacía temer lo peor.
Cuando llegó no gritó y seguramente me vio tan
preocupado que no me regañó y tan solo nos recomendó que tuviésemos más cuidado.
Nunca supe quién dejó colgado el tablero
durante toda la noche, pero en realidad la culpa fue mía por no haber pasado por
allí antes de irme.
Finalmente cuando se puso en operación la
Calandria con todos sus controles y motores de corriente directa, para mi
tranquilidad, la unidad arrancó al 100% y sin ningún problema. La foto que sigue
muestra el tablero sin daños, el motor de CC y el grupo motor-generador a la
izquierda.
Y UNA CAMIONETA DESCLOCHADA
Mi gran fracaso fue pensar que con la tracción
de una camioneta pick up podría jalar los pesados cables armados. Esta es la
historia:
En aquel proyecto Mc George Hargett diseñó un
sistema de conducción de cables que para mí resultaba una gran novedad. Nunca lo
había visto en México, es más nadie lo distribuía aún y consistía en canalizar
los cables sobre unas estructuras de aluminio tipo escalera, que el proyecto
identificaba como “cable racks”. Como era de esperarse el término “rack” de
inmediato se hizo muy popular entre todos los electricistas nuestros.
Actualmente es muy común y se conocen más como
“cable ladders” y en español empleamos los términos “charola” o “escalera” para
su identificación.
Los cables trifásicos también eran toda una
novedad para mí, pues aunque les llamaban “armored cables” en el proyecto o sea
cables armados en nuestro idioma, diferían de manera absoluta de lo que nosotros
conocíamos con ese nombre.
Un cable armado trifásico, usualmente traía
aislamientos de papel impregnado en aceite y después una envoltura de plomo
sellada que impedía la salida del aceite. Sobre esto llevaba capas de yute
impregnado en asfalto y después un recubrimiento con cintas de acero
entrelazadas para darle resistencia mecánica. Finalmente llevaban otras capas de
yute asfaltado y el resultado era un cable de aspecto repugnante, pero en
realidad muy seguro y que podía enterrarse de manera directa en la cepa.
Por el contrario los cables que habían llegado
en aquellos gigantescos carretes que mencioné al inicio, eran una verdadera
preciosidad en cuanto a su acabado exterior. Consistían de conductores aislados
con PVC para 5KV, que una vez trenzados se protegían con una chaqueta
posiblemente de neopreno para que pudieran resistir la intemperie y luego sobre
aquello llevaban una protección mecánica a base de un engargolado de acero
galvanizado, que le daba la apariencia de un tubo flexible de gran diámetro.
Pero el problema de estas preciosidades era su
peso, pues algunos de ellos eran de 3 x 500 MCM y sus recorridos implicaban en
algunos casos cientos de metros en longitud.
De esta manera, la colocación de los racks, que
iban suspendidos de la estructura superior mediante varillas de fierro de 3/8 de
pulgada, logramos terminarla sin mayores contratiempos y para nuestra fortuna
sin ningún accidente. Nuestra gente en aquel entonces, materialmente desafiaba
las alturas y se mostraba renuente a utilizar equipo de seguridad.
La siguiente etapa consistía en deslizar los
cables a través de los “racks”, que en principio parece fácil, pero no lo es.
Una vez que habíamos construido una estructura para montar los carretes gigantes
y desenrollar el cable, requeríamos de una forma de tirar desde la punta con la
suficiente fuerza de tracción que lo fuera deslizando. Una vez que conseguimos
el famoso “calcetín” para colocarlo en la punta del cable y que construimos un
buen aparejo de cables y poleas intentamos ir jalando los cables en base a la
fuerza de varios hombres.
Al principio se logró, pero conforme avanzaba
ni con todos nuestros trabajadores se podía hacer que avanzaran.
Como era de esperarse, vinieron a ver al
“experimentado” ingeniero (yo) y tuvo la “genial” idea de jalarlo con la fuerza
de la camioneta de la empresa. Al día siguiente la pidió prestada a IEISA y la
introdujimos a los pasillos de la planta que eran muy amplios. Pero para mi
sorpresa (nunca pensé que el clutch funciona por fricción) al tratar de dar el
jalón en unos cuantos minutos ¡me acabé el clutch y olió a quemado!
Alcancé a regresar a IEISA con la “cola entre
las piernas” y decir que había acabado con el clutch, lo cual no fue nada bien
recibido.
Como siempre sucede salió a relucir la palabra
“hubiera” y por allí Paco D’Santiago que se encontraba en la oficina de IEISA,
me dijo: - Pero Manuel, me hubiera usted dicho, ¿porqué no me pidió mi
camioneta Willys Jeep que tiene un winch? –
Como iba a pedirla, si no lo sabía, pero claro
de inmediato le tomé la palabra y se la pedí. El accedió, pero recomendándome
que tuviera cuidado porque la tracción delantera de las ruedas de repente le
daba por “bailar” y que me la llevara con cuidado.
En fin que aquello fue la solución y con
nuestra “flamante” camioneta Jeep, debidamente frenada y acuñada en aquel
pasillo amplio, logramos jalar los muy pesados cables a través del rack que
recorría casi toda la extensión del edificio.
La verdad que fue un bonito espectáculo, aunque
no recuerdo cuanto tiempo tardamos en tender todos los cables. De hecho una vez
extendidos totalmente, se tuvo que maniobrar, sin el winch, con todos ellos para
hacerlos llegar a sus diversos puntos de destino
La camioneta regresó, pero cuando ya la llevaba
de vuelta acompañado por Ramón y varios de los muchachos de IEISA le dio por
“bailar” (a lo mejor de gusto) de una lado para el otro, en las ruedas
delanteras. Finalmente llegamos y la regresé sana y salva a su propietario.
En la imagen que sigue aparece una vista del
“rack” principal que corría a lo largo del pasillo lateral del edificio No. 1,
una vez que fueron colocados todos los cables eléctricos adicionales que
requería la ampliación. Se puede apreciar con claridad la manera en que estaba
soportado desde las partes más altas de la estructura.
En la foto también se puede apreciar la forma
en que sujetaban los cables armados anteriores, en base a lo que llamaban
“messenger cables” o sea cables de acero que le servían de soporte de tramo en
tramo.
EL SR. HARRY WALKER Y EL ARRANQUE
Las diversas órdenes de trabajo se fueron
concluyendo una a una y por fortuna sin problemas técnicos o errores graves. Ya
explicaba antes que habíamos establecido un sistema de pruebas previas, que nos
garantizaban mayor posibilidad de éxito. El hecho de tener perfectamente
verificados todos los elementos de control y probados con Megger los
aislamientos, así como verificada la secuencia de fases en tableros y cajas de
conexiones de fuerza, nos daba un buen margen de seguridad.
Mientras que las conexiones y modificaciones en
los cables de alta tensión y la puesta en servicio de las subestaciones pasaron
prácticamente desapercibidas, a pesar de ser más críticas, el caso fue que el
arranque de cada nueva máquina era casi una reunión de personal ejecutivo de GYO
y de los contratistas. Por lo general en el caso de un motor grande sería su
primer arranque y permanecía desacoplado. Cuando Walker daba la orden, era el
momento en que se tenía que oprimir el botón de arranque en la estación de
botones. Si todo marchaba bien y la rotación era correcta el Sr Walker mostraba
sonriente su gran dentadura y me hacía una seña de pulgar hacia arriba.
Ya después vendrían los mecánicos y revisarían
otras cosas como alineación y vibraciones en las que yo no participaba en lo más
mínimo.
Lo que realmente no podíamos asegurar, era el
sentido de rotación que tendría cada gran motor al arrancar por primera vez (al
menos en aquellas épocas), así que en realidad era un “volado” el que nos
jugábamos en cada prueba. Claro que si estaba mal no pasaba nada y solamente
hacíamos el cambio de cables en el tablero, pero claro que esto demoraba la
secuencia del trabajo.
Sin embargo lo que sucedió en aquellos ya muy
lejanos días en que hicimos las pruebas de arranque, fue que prácticamente y de
“chiripa” le atinamos casi a todas. El Sr. Walker se mostraba muy gratamente
sorprendido, por una parte de que al oprimir los botones el motor arrancaba a la
primera y por la otra de que tuviera el sentido de rotación correcto.
Todavía lo recuerdo sonriente y apuntando con
su pulgar hacia arriba.
Del motor más grande que arrancamos, que fue el
del Banbury con 800 HP de fuerza no tengo ninguna buena foto, pues se encontraba
en un sitio en verdad difícil de llegar, sin embargo a continuación muestro la
única que pude tomar.
LAS VISITAS DEL ING. VICTOR CIRES
Al Ingeniero Víctor Cires Gavidia lo recuerdo
como siempre de traje y corbata y caminando a paso firme por el largo pasillo
central de la planta, pero además mostrando una sonrisa de oreja o oreja. Es
claro y estoy consciente que no era necesariamente por verme a mí, pero me daba
gran tranquilidad, pues significaba que no le habían dado malas noticias de
nosotros y que además era muy posible que ya hubiera recogido el cheque de la
estimación en curso.
Simplemente el verlo sonriente, eran buenas
noticias para los que allí trabajábamos.
Aunque no fueron muchas sus visitas, siempre me
mostraba mucho interés por lo que hacíamos y por lo mismo realizábamos un breve
recorrido por los sitios de trabajo.
Vaya pues desde aquí y con motivo de 50o.
Aniversario del inicio de aquellas obras, un saludo cordial, afectuoso y con
cariño, para el hombre que tuvo la confianza de ponerme al cargo de aquella
obra. Muchas gracias por su confianza ingeniero.
Una cosa que siempre me quedó en duda, fue lo
referente al éxito económico de aquella obra, después de todo se trató de un
proyecto importante, equivalente a 5 millones de pesos del 2007, y además el
material y equipo mayor lo suministraba GYO. Desde el punto de vista técnico,
la compañía había salido bien librada, pero … ¿habrían ganado dinero al final de
ella?
Para mi tranquilidad, el mismo ingeniero Cires
en sus memorias, lo describe así:
“En 1958 terminamos el trabajo y obtuvimos
muy buenas utilidades, tanto que le obsequiamos a mi suegra un viaje a Europa”
¡Lo cual significa que fue un negocio redondo!
El ingeniero Cires con más de 80 años de edad,
aún se mantiene activo y escribiendo sobre los temas de su interés, por ahora
prepara un libro interesante, sobre lo que siempre ha sido su tema preferido. La
Física Cuántica.
Un buen día los trabajos de GYO estaban
llegando a su fin, y eso sucedía casi al mismo tiempo que el año de 1957 se iba
consumiendo. La verdad es que no recuerdo la fecha exacta en que concluyeron las
obras
Enseguida pueden apreciar una vista de lo que
fue la parte nueva de la planta, una vez que se terminaron las obras. Es
evidente que hubo mucho trabajo adicional dentro de las naves que ya existían,
pero la foto muestra la nave nueva solamente y la ampliación del edificio de
almacenes y Banburys.
Un detalle curioso de aquel proyecto, fue la
forma en que se diseñó el paso de los dos cables trifásicos de 2300 volts que
daban servicio a la nueva subestación del Cuarto de Controles No.3. Eran, un
alimentador totalmente nuevo, WC-5, desde Casa de Máquinas y una prolongación
del que se denominaba “Emergency Cable”, o sea el cable de emergencia que
permanecía en “standby” en todos los cuartos de control. Me llamó la atención
que no se hubiera diseñado una estructura de soporte y el mismo tipo de rack que
usamos en el interior, en lugar de colocar los 3 postes mostrados.
Lo que si recuerdo bien es que las noticias de
IEISA para esos días finales del 57, no eran nada halagadoras y se escuchaban
rumores de que la sociedad sería disuelta y que el Sr Villarreal y el Ing. Cires
volverían a trabajar cada quién por su cuenta.
Para entonces quién fue mi socio, Mario
Ramírez, también trabajaba en IEISA y estaba a punto de terminar otra obra en la
Cementera Cruz Azul.
Mario y yo sabíamos que tendríamos que salir de
IEISA, pero había una disyuntiva, o trabajábamos para el Ing. Cires con
participación en sus obras o de plano aceptábamos la oferta del Sr. Francisco
D’Santiago de formar una nueva sociedad con él. Aquí no es el lugar de comentar,
como fue que tomamos la decisión final, pero la balanza se inclinó hacia la
opción de trabajar de manera independiente y dio lugar a una nueva empresa
denominada CYPESA. Ya algún día hablaremos de ella y sus vicisitudes.
LA INESPERADA CARTA DE RECOMENDACIÓN
Al terminar los trabajos pensé que sería de
gran valor obtener cartas de recomendación por si decidiera trabajar en otra
empresa y la solicité al Sr. Domínguez. En la parte inferior muestro la que
recibí de Good Year-Oxo el 20 de enero de 1958, cuando ya los trabajos habían
concluido totalmente.
No deja de ser una carta curiosa, pues cuando
platiqué con el Sr. Domínguez, que era el secretario del Sr. Walker, recuerdo
que me preguntó que iba yo a hacer después de concluir aquella obra. Fue cuando
le comenté que estábamos formando una nueva sociedad que como siglas se llamaría
CYPESA y que significaba Construcciones y Proyectos Eléctricos, S.A.
Cuando varios días después pasé a recoger la
carta la encontré aparte de amplia e inmerecida, firmada por el mismo Sr Harry
A. Walker y mencionando el nombre de nuestra futura empresa.
Como suele suceder en muchos casos, jamás la
utilicé y quedó guardada solamente como un motivo de orgullo y un recuerdo
imperecedero de una época muy especial, aquella, la que se refiere al que fue MI
PRIMER TRABAJO FORMAL.
PALABRAS FINALES
Sería muy ingrato terminar sin dar las gracias,
ya lo hice con el Ing. Cires Gavidia, pero no hay que olvidar al Sr Jorge
Villarrreal que fue quién me contrató, al Ing. Maximiliano Becker quién me
brindó la oportunidad de desarrollarme, al Sr. Francisco de D’Santiago que
confió en mí, al Ing. González de la Serna que ya he mencionado y con quién
convivimos muchos años a través de nuestras familias y de los trabajos que
alguna vez hicimos juntos para otros clientes, del Sr. Francisco Godoy a quién
ví por última vez cuando falleció el Ing. González y que igualmente nos brindó
su ayuda en GYO con escaleras y equipo de maniobras, al Sr. Harry Walker que supo mostrarse
comprensivo conmigo, al Sr. Domínguez, eficiente secretario del Sr Walker que me
tradujo las frases que no comprendía, al Ing. Guijarro y al Ing. Donato de las
otras compañías contratistas con quienes trabajamos hombro a hombro y claro está
a mis compañeros de equipo, el Ing. Ramón Robles Rojas quién se afanó en llevar
la cuestión administrativa y asistencia del personal, al maestro Ángel González
incansable y siempre optimista y finalmente a todo aquel grupo de operarios
dispuestos a trabajar a cualquier hora y en cualquier día. A todos ellos, 50
años después agradezco su colaboración. Sin su ayuda habría sido imposible salir
adelante. Muchas gracias a todos.